La Patria Que Desconocemos

La Patria Que Desconocemos

Terminé de leer el libro “Patria” de Fernando Aranburu hace unas horas. A pesar de su extensión es relativamente sencillo devorar las páginas en semana y media. Nunca creí que podría leer un retrato tan exacto del conflicto vasco. También porque soy de familia vasca por parte materna y el tema aún es tabú; y lo seguirá siendo varias décadas. Pero a pesar de mi juventud y de considerar el terrorismo que hubo durante tantas décadas como algo del pasado, algo que consideraba no haber vivido; de mis veintidós años ETA estuvo activa quince. Y nada. No tenía la concepción de terrorismo que se describía en los telediarios del momento, ni tenía la percepción de estar en medio de una guerra que se había cobrado más de mil vidas. Casi como quien dice que lo que roban los políticos no lo notamos en nuestros bolsillos porque “bah”, son cosas por encima de los ciudadanos, burocracia. Así concebía yo el terrorismo, como si perteneciera a otro país, a otro nivel al que nunca llegaría o me alcanzarían. 

Mi familia materna nació y vivió en un pueblo en la frontera entre Navarra y el País Vasco. Uno de esos pueblos que no hacen caso a las limitaciones políticas y se consideran más vascos que cualquier pueblo de Guipúzcoa. A los dieciséis años (¿quizá más tarde?) me enteré de que la ideología más abertzale era la que residía en mi pueblo desde hacía décadas. No me refiero a la rama moderada, sino a la armada. Bofetada de realidad. Para mí el terrorismo era cuestión de cuatro chalados. Lo consideraba algo tan externo a la vida cotidiana que pudiera rodearme, a la gente con la que pudiera cruzarme que obvié por completo una realidad que creí ajena al mundo de las cosas que conozco. Pero no. Ahí estaban todos los amigos y amigas de la familia, a los que conocía de tantos años atrás, respaldando aquello que, según entendía, solo podía mellar en las mentes más dementes para el cultivo del odio más atroz. Nunca presté atención a pancartas, ni pintadas. Y como si alguien las hubiera colgado y pintado de la noche a la mañana, ahí estaban las calles. Inundaciones de consignas que reconocí. Todo cobraba sentido, un sentido que nunca le di y que jamás busqué porque ni si quiera lo consideraba posible. Pero eso. Ahí estaba todo. Delante de mis ojos durante tantos años y yo con la venda recién caída.

 

Ama, ¿por qué no me lo has contado antes? Se repetía esa pregunta, en mi cabeza, no en voz alta. “Presoak etxera” y así todo el rato. Una pintada en aquella esquina, una pancarta en aquel balcón y un tipo que miraba raro porque sabía que yo nací en Madrid. Nunca asocié la hostilidad con que, a mí y a mis primos, nos trataron los chavales del pueblo cuando éramos pequeños. Tiempo más tarde me contaron que mi tío, madrileño, tuvo que comprarse el coche en Donosti para tener matrícula de allí y que no se lo volcaran cada vez que iba al pueblo. Todo delante de mí y yo enterándome una década después. Nunca se mencionó nada. Un secretismo infalible que atañe a todos. Y el hijo de la vecina sigue preso, así que calla.

 

“Patria” es la continuación de ese silencio pero alzando la voz de forma clandestina. Con la moderación contenida y el mensaje directo que permite un libro. Silencioso pero en cabeza de todos. Es la forma de entender el terror que se vive dentro de una comunidad; cómo dos amigos dejan de serlo de la noche a la mañana porque de repente las pintadas señalan a uno de los dos. Y no puedes hacer más que negarle por siempre el saludo, no vaya a ser que a la mañana siguiente te señalen a ti. Al igual que en fútbol se baja el balón al suelo para jugar, “Patria! baja la realidad a tu calle y la de tu vecino. Para que la veas, la entiendas y la consideres siempre como algo tuyo. No ajeno. No sucedían cosas horribles en casas de telediarios; sucedían en la de tu vecino y no te dabas cuenta. De pronto entendí por qué ni si quiera me enteré de lo que se cocinaba en mi pueblo; ni imaginé de qué pie cojeaban. La inmersión de un pueblo, de unas gentes, en un contexto ideológico tan radicalizado era tal que incluso las palabras eran más peligrosas que las armas. Pero no fui consciente hasta que todo había acabado.

 

Hace meses HBO anunció que estaban rodando una serie que narra los acontecimiento del libro de Fernando Aranburu. Sé que seiscientas y pico páginas es mucho pedir para los jóvenes pero al menos HBO nos brindará que se enteren de qué va la vaina.

 

Hemos vivido ciegos pero tenemos la responsabilidad de no estarlo. Hablo de mi generación, las anteriores y alguna de las posteriores. Da miedo como a través del libro y de mi experiencia llegué a entender el caldo de cultivo que provocó semejante situación. Todo encaja dentro de un equilibrio de odio y xenofobia. Pero encaja. Sin embargo lo vemos como algo externo; como si no hubiéramos vivido o tuviésemos al menos la percepción de (casi) no haberlo hecho. Y hace unos días encontraron material para fabricar Goma-2 en un grupúsculo de los CDR. Y ahora, tras tantos años, puedo afirmar que eso me suena de algo.

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