Rostros texturizados (I)

Rostros texturizados (I)

Solo eran las 20:00 horas de un martes cualquiera, de fondo la lluvia diaria de otoño en Cardiff. Mientras recogía la cena escuché unos golpes débiles provenientes de la puerta principal de madera. Un poco tarde para recibir visitas, aún así procedí a abrir. Ante mi sorpresa, me encontré con mis compañeros de universidad, Bill, Cedrick, Aitana y Matt; los cuatro tenían una cara de entusiasmo que no tenía pinta de alejarse de sus rostros.

-¡Adivina qué!-dijeron los cuatro a la vez.

-¿Qué ha pasado?- pregunté yo.

-¡Hemos encontrado casa para poder vivir los cinco!- avanzó Cedrick- es en la ciudad, cerca de la universidad y de la fiesta.

-¿Pero cómo ha sido eso posible?-que gran noticia.

-Estábamos tomando algo en Castle Arcade y durante una larga media hora hablamos sobre la mala suerte que teníamos encontrando casa, y de repente un señor muy majo nos dijo que nos alquilaba su casa- explicó Aitana sonriente.

-Fue todo muy rápido- comenzó Bill- nos enseñó fotos del lugar, y ¿sabes qué? hay espacio suficiente para los cinco. Es impresionante. Al ver la ganga, le hemos dicho que mañana iremos todos al lugar, y ya de paso llevaremos algunas cosas nuestras.

-Vaya, que suerte y rapidez. ¿Habéis firmado sin ver la casa?-pregunté.

-No, claro que no. Mañana la vemos, y si nos gusta firmamos en el momento- dijo con tono gracioso Cedrick.

-Genial, entonces mañana tendremos una nueva vida.

El día se despertó de noche a las 7:30 horas, no obstante, la oscuridad no nos iba a arrebatar la ilusión de todos por conocer la igual nuestra futura casa. Según mis amigos, la residencia estaba ubicada en la zona residencial y más antigua de la ciudad, entonces nos dimos cita todos en la intersección de Clare Street con Castle Street.

La mañana era fría, por no decir escalofriante. En las calles nadie estaba presente, no se escuchaban sonidos, era todo sin vida. Todos pensábamos lo mismo, aunque no lo dijéramos en voz alta. Estuvimos callados sin saber que decir. Sí, ayer estábamos emocionados, hoy también pero no lo demostramos en voz alta.

Bill y Cedrick habían venido en una furgoneta llena de cajas; ellos sí están preparados para dejar sus hogares y empezar en uno nuevo. Los demás solo íbamos pensando en el lugar, revisarlo muy bien, firmar y mudarnos lo antes posible.

Mientras nos manteníamos sin poder hablar un señor mayor vestido con un traje negro, una gabardina del mismo color y un pelo largo mal cortado se acercó hacía dónde nos encontrábamos.

-Buenos días, jóvenes. Vamos dentro, si no vamos a perder mucho calor corporal aquí fuera.

Ninguno le dio los buenos días, ni un saludo siquiera. No sé si fue por la imagen tétrica del señor, por el ambiente o por el frío helador de la calle, pero fuimos muy maleducados.

Sin mucho reparo seguimos al señor rumbo a la casa, sin tener que andar mucho, el lugar estaba en la vuelta de la esquina, literalmente. Una verja negra con motitas de oxido protegía la mansión, sí mansión, todos nos quedamos asombrados ante la construcción. Desde fuera parecía entre un castillo galés y una casa de arquitectura victoriana, estábamos acostumbrados a ver ese tipo de hogares, éramos galeses, mas siempre de paseo y desde lejos. Todavía no sabía el precio, pero por el tamaño, suponía que serían 1000 metros cuadrado más jardín, nos saldría muy caro el alquiler.

El señor escalofriante abrió la verja con el acompañamiento de un sonido chirriante.

-Qué pasada- susurró Bill en un volumen muy bajito. Todos afirmamos.

-Jóvenes, bienvenidos a Rostros, una mansión llena de apasionantes vidas- al dueño se le iluminó la cara-. Ahora, una advertencia. Vais a pisar con esmero cuidado la madera. Siente las pisadas. Si somos violentos, pagaremos las consecuencias.

No sabíamos qué decir. ¿Acaso este señor estaba loco? ¿Y si no lo estaba, qué nos pasaría.

En total, tardamos una hora en conocer Rostros. Había 9 habitaciones, 4 salones, dos estudios, una biblioteca y un ático enorme, aparte de lo básico. La mansión no tenía pegas: habitaciones grandes, espacio para todos, los muebles y el lugar en muy buen estado, además el alquiler era una ganga.

-El alquiler serían 500 £- nos comentó el casero.

-¿Solo? ¿Entre los cinco?-dijo asombrado Matt.

-Sí, solamente. Con una única condición: cuidaréis muy bien de Rostros.

Los cinco nos juntamos durante un par de minutos, no necesitábamos más, nuestra respuesta iba a ser sí, seríamos tontos si no aceptábamos esa oferta. Éramos estudiantes, la riqueza era una aspiración impensable.

Firmamos el contrato sin mirar mucho, y nos marchamos a casa a preparar la mudanza, bueno Cedrick y Bill empezaron a sacar las cajas de la furgoneta.

-Hey chicos- comenzó Matt- ¿os habéis dado cuenta de la cantidad de retratos qué hay en la casa?

Era nuestra primera noche, solamente habíamos pasado 8 horas en nuestra nueva casa, y con la mudanza se nos pasó a todos contemplar los detalles. Pero tenía razón, las paredes estaban maquilladas de caras, de personas.

-No parecen felices- comentó Aitana- al parecer, el artista solo captaba la tristeza interior de ellos.

-¿Podríamos apartarlos? Dan un poco de grima- solicitó Cedrick, con muecas de miedo.

-Sí por favor, vamos a comenzar esta nueva etapa con caras alegres- apoyé a mi amigo y recogí algunas fotos y cuadros. Los metimos en un armario de la biblioteca.

Agotados era el adjetivo perfecto para describir nuestra situación. No pudimos ni terminarnos las pizzas familiares que pedimos, ni levantarnos de los sofás de cinco plazas cada uno del salón principal. Estábamos tan cansado que Aitana no podía moverse a coger su vaso de agua, lo hico con el píe derecho y  de repente desparramó todo el líquido por la madera y la alfombra turca.

-Ups, vaya-dijo la sin ganas la joven-. No puedo ni recogerlo, mañana lo limpió vale amigos.

Todos asentimos sin hacer muchos caso a sus palabras, así estábamos todos que nos dormimos juntos en los sofás; Matt y Bill en uno, ya que eran los más grandes, por otra parte, Cedrick, Aitana y yo en el contiguo.

La mañana siguiente, mejor dicho, a la tarde siguiente amanecimos los más madrugadores, Aitana, Matt y yo, exactamente. Matt cocinaba el desayuno o cena en la isla de la cocina, Aitana no la había visto todavía, y yo decidí acompañar al chef, pues mi estómago gruñía en voz alta.

-¿Aitana?-pregunté, era raro que no estuviese en la misma ubicación donde había comida.

-Ni idea. Supongo que estará en su habitación, el sofá es incomodo para dormir. No la he escuchado por ninguna parte.

Me apresuré a ir a la habitación de mi amiga después de pegar bocado a mi sándwich de alubias. Estaba increíblemente delicioso y ella no podía perderse el degustar aquel manjar.

Las escaleras resplandecían de luz, no parecía que fuesen las 17:00 horas de otoño. Con la alegría de la iluminación del lugar abrí la puerta de la habitación; para mi ilusión, Aitana no se encontraba allí. Miré en el cuarto de baño, tampoco. Comencé a llamarla por la casa, y sin querer desperté a mis demás compañeros. Aunque mejor, más ojos para buscar. Una estrategia que funcionó bastante bien, ya que Bill gritó desde el piso de abajo.

-Chicos, creo que la he visto.

-Pues dile que venga a desayunar-contestó Cedrick en un volumen superior.

-Ya- las palabras de Bill perdían fuerza- el problema es que no está, solo puedo verla.

Su explicación tan raro nos picó el gusanillo a los demás a ir con él, así podíamos ver sus extrañas palabras en verdad. Bajé corriendo las escaleras para encontrarme con los chicos. Sus cuerpos mostraban tensión y preocupación, además no pestañeaban, solo miraban fijamente la pared de la entrada de la mansión. Me acerqué más para contemplar qué veían ellos. Una imagen escalofriante conquistó nuestros ojos. Era un retrato en la pared. No cualquier retrato. El de Aitana.

Uxue Martin

Me presento como una artista visual pelimorada. Aunque mi estudio oficial es el periodismo, la escritura creativa y la fotografía son mi pasión. De esta manera, podreís ver un poco de ellos en ElFósforo.es. También podréis seguir mi trabajo en mi cuenta de Instagram: @uxusofia

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