La ciudad-museo: pasen y vean
Londres

La ciudad-museo: pasen y vean

Mientras yo intentaba llegar a casa, ellos aprovechaban para sacar(se) fotos sin dar importancia a la grandeza de la arquitectura que los sostenía sobre el agua; a las vistas de un río ancho, hermoso y sucio que separa la ciudad en dos partes como si ya no fuese un mismo todo; a los monumentos del pasado que siguen en pie contra todo pronóstico y se levantan de la misma forma improbable pero cierta que el sol que ardía por encima de las cinco de aquella tarde inglesa. Debía cruzar el Puente de la Torre para esperar en la parada  al autobús; no caminaba con prisa, el tiempo todavía estaba en mi mano y podía desperdiciarlo, creía. No llegué a subirme a aquél bus. Los segundos saltaban en corro al suelo cada vez que tenía que detenerme, una vez cada cuatro pasos, para esperar a que un fotógrafo, aficionado o no, sacase a un modelo, improvisado o no, un retrato para la eternidad de Instagram: que dura poco menos de dos días. Tardé más de siete minutos en hacer un recorrido de tres. Las paredes del laberinto de personas con cámaras y poses que se había formado a lo largo del lugar protestaban cada vez que estropeaba una instantánea al pasar delante del objetivo del que yo no era objetivo: primaba el derecho del turista al del residente; las vacaciones volátiles sobre la rutina estancada. Fui el blanco del odio pasajero, que ni es odio ni viaja, de los turistas: esos soldados que invaden y hacen posible la ciudad-museo.

La ciudad-museo es aquella cuyo valor artístico ha superado a su valor como espacio de convivencia.  Es decir, esas urbes en las que el patrimonio monumental, histórico o cultural es igual o más importante que las viviendas que conforman y los vecinos que transitan sus calles: algo que provoca que el centro de estas, y cada vez más allá, deje de estar pensado para sus habitantes y empiece a ser diseñado para atraer turistas e inversiones exteriores.

Foto por Jokin Fernandez

 

El ejemplo típico es Venecia, donde ser ciudadano no es ya un ejercicio imposible, sino uno extinto. Los comercios de siempre han sido sustituidos por hoteles, tiendas de souvenirs y cadenas de ropa y comida rápidas; las pequeñas aceras y puentes que ponen límite al agua sempiterna que está por todas partes acogen a más gente que nunca, a menos venecianos que nunca; la plaza de San Marcos, desde su primera baldosa lugar de encuentro, mercado y poder, es ahora el escenario más propicio para la apoteosis de la fotografía, la banalización de lo sagrado y el consumo desarraigado y tonto. El fenómeno se ha extendido por todas las grandes ciudades de Occidente con el ritmo lento pero imparable de la aguja del reloj.

Centro y periferia

Puede que lo más importante sea la basura. Un condón usado en la acera es a la ciudad-museo lo que un rayo de sol en el cielo a la noche: si está el uno no puede existir el otro. Por lo general, los focos de interés para turistas son lugares impolutos, en los que más se emplea el personal de limpieza de los ayuntamientos. Hace unos meses, leí el tuit de un testigo de las movilizaciones de los trabajadores del metal en Bilbao: sus panfletos habían sido esparcidos por la Gran Vía y «un ejército de barredoras» los limpió muy poco después. Todo estaba calculado: en la ciudad-museo no cabe la suciedad; tampoco cualquier estela de insurrección o queja vecinal. Los espacios-obra han de ser conservados como cualquier cuadro en una galería de arte: de forma límpida y sin rastro de ideología molesta alguna.

En Londres, coexisten su centro impecable, símbolo del puritanismo pulcro que ya se fue de estas islas, y la vuelta a la esquina de mi casa, en la que cada día, desde que llegué, puedo encontrar en la acera un cementerio de ataúdes de plástico rellenos de la naturaleza muerta de la basura orgánica y artificial que mis vecinos dejan lejos de los contenedores municipales. Vivo en un barrio obrero, fuera de las posibilidades de la monumentalidad de Westminster.

Pero las zonas periféricas también pasan poco a poco a formar parte de la colección de la ciudad-museo. Es inevitable: los ayuntamientos saben que poseen multitud de salas vacías que pueden acondicionar para suplir la demanda de visitantes, que parece aumentar siempre, y sus ansias de generar más ingresos. Con este deseo, comienzan a arreglar las fachadas (no el interior, eso no está expuesto) de los edificios y los espacios públicos de sectores de la urbe que hasta entonces no parecían tener importancia alguna para el turismo. De entrada, la medida parece positiva para los vecinos del barrio, pero en la mayoría de casos el resultado es un encarecimiento del suelo al que los residentes primeros no pueden hacer frente. Estas zonas quedan, entonces, para uso y disfrute de los grupos capaces de pagar por vivir allí, aunque solo sea por un corto espacio de tiempo (como es el caso de los turistas). De esta forma, nacen los Airbnb y similares, que aportan muchos más ingresos a sus propietarios que un contrato de alquiler tradicional (porque los caseros obtienen una rentabilidad superior al arrendar sus propiedades por días) y son empuje para los pequeños éxodos de los inquilinos de siempre, que se llevan la vida entera rodando a la par que sus maletas.

La ciudad,así, no es (¿alguna vez lo fue?) la de siempre. Por las grandes avenidas ya solo circula lo que se refleja en los escaparates de las marcas que dominan todo el mundo, que hacen lo mismo de todas las urbes del mundo, como si estas fuesen hijas de una historia común de la que casi nunca proceden (el McDonald’s en La Habana es solo una cuestión de tiempo protocolario). Los negocios tradicionales acabarán abiertos solo en nosotros mismos, como un recuerdo feliz de nuestra infancia cerrada. Las plazas, los parques y las callejuelas pierden su puesto de mausoleos de convivencia y se convierten en otro objeto mercantil más: el valor social se liquida en pro del del capital. El soldado-turista pasa a dominar lo que desde el inicio de la civilización perteneció al vecino, lo que nunca fue (es, será) de nadie.

Y de esta forma queda abierta, en todo el planeta, la ciudad-museo: pasen y vean; pero no se acomoden.

David Pungin

Escribiendo contra el público. Instagram: @davidpontetraje Twitter: @davidpungin1

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