Retrato móvil de una plaza quieta

Retrato móvil de una plaza quieta

Retrato Móvil De Una Plaza Quieta. Sentado, cómodamente sentado, sobre una silla de playa y frente a una mesa de camping, el hombre habla del futuro como si fuese algo cierto, fingiendo que ya ha estado en él. A simple vista, más parece un vaquero que ha escapado del pasado que alguien que juega a adivinar el porvenir en el presente. A medio camino entre la vejez bien llevada y la juventud que se ha marchado demasiado deprisa, charla con sus clientes para explicarles lo que le dicen las cartas, que no hablan pero, al parecer, sí que cuentan. El tiempo que no atiende a nadie lo pasa fumando cigarrillos, atusándose la melena larga y blanca que se escapa al efecto fijador de su coleta desenfadada y yendo a hablar con la chica asiática que baila con energía pero sin talento a escasos veinte pasos de su oficina al aire libre.

No sé si las personas que lo consultan lo hacen por creencia o por diversión; desconozco lo que les dice, pero todas terminan con una sonrisa de satisfacción embobada: tras el resultado del tarot, se debaten entre la confusión y la conformidad; entre el deseo y el pasmo.

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Ahora ha mutado en todo lo contrario: se mueve sin ton, con son, al ritmo de una música mágica que no parece de este mundo y que, probablemente, no lo sea. Solo un par de minutos antes estaba sentada con la piernas cruzadas sobre el suelo desnudo y era víctima, sabiéndolo pero sin sentirlo, del peso sin fuerza de un conejo de peluche sobre su cabello moreno. Parecía meditar, tan ensimismada mirando lo que había dentro de sus ojos cerrados, tan distraída de lo que todavía existía fuera de ella misma, que casi había dejado de pertenecer a la realidad.

Pasó poco, intuía que llevaba mucho, tiempo en esa posición. De pronto, abrió los ojos, cogió el muñeco y lo dejó en el suelo, se levantó con el móvil en la mano, puso una canción asiática, electrónica, como de robots femeninos que cantan sobre música de máquinas, y comenzó el espectáculo de saltos y vueltas sin coreografía aparente que todavía continúa. Los visitantes de la plaza la miran y se ríen, la graban con sus teléfonos y no parecen tomarla en serio. Si le importa, no lo demuestra. Sigue a lo suyo, brincando. Parece que disfruta, se ríe.

***plaza quieta

Retrato Móvil De Una Plaza Quieta. Es la hora en la que el día va acudiendo a su muerte diaria, de su periplo solo queda una estela de luz que va apagándose como el surco de un avión en el cielo. Bajo la oscuridad incipiente, cinco hombres de pie custodian una mesa, de pie, sobre la que descansan, tumbados, varios libros de colores. De pie y tumbados están los carteles que piden, en inglés, que el que los lee (los carteles, no los libros) coja una copia, solo una, por favor, dicen, a la vez que explican que en los volúmenes se encuentra El Corán.

Casi nadie se detiene a hojear los ejemplares. La atención de esa parte de la plaza se proyecta hacia un grupo de breakdancers que hierven en el suelo, parecen lombrices, y saltan y  se deslizan como niños pequeños que jugasen a algo que solo ellos entienden mientras suena música rap. Pero los cinco hombres impávidos ya andan en otra historia. Han desplegado cuatro alfombras (una en horizontal para que quepan dos de ellos) y comienzan a orar en voz alta. Se arrodillan y hacen una reverencia perpetua al aire mientras continúa el rezo.

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Retrato Móvil De Una Plaza Quieta. Leicester Square es una plaza gris de baldosas grises solo interrumpidas por los pocos oasis de hierba verde que conforman las campas artificiales y pequeñas que, cuesta abajo, rodean los bancos marrones que rodean la estatua del William Shakespeare de piedra, que lleva en pie desde 1874; 94.292 días después de que yaciese para siempre el original. Leicester Square es el centro del centro de Londres: al oeste está Picadilly Circus; al norte, Chinatown; Trafalgar Square se encuentra al sur y Covent Garden al este: todo a muy pocos pasos. En Leicester Square hay: cines por los que desfilan las estrellas que andan perdidas por la tierra, casinos donde perderlo todo, sitios para comer, muchos sitios para comer, hombres cansados, borrachos de noche, turistas de día, personas disfrazadas, artistas callejeros, música de instrumento, melodías de altavoz, algunos amaneceres memorables, el falso desayuno inglés de la parranda, un reloj que hace pensar en Suiza, tiendas para niños, vicios para adultos.

Ese día, en la mañana tardía que se confundía con la tarde, un hombre de pelo cano echaba las cartas a los curiosos que se acercaban a él y todos terminaban felices. Puede que a cambio pidiese la voluntad; o quizás tuviese un precio fijado de antemano. Vestía chaqueta de cuero marrón y pantalones algo campana sobre botas total cowboy que no eran de este siglo. Un sombrero de definición imposible tapaba las sienes blancas de las que se desprendía una cola de caballo.

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A apenas dos veces diez pasos de él, una chica asiática estaba sentada en posición de Buda mientras sostenía un peluche en su cabeza. Delante de ella había dos botellas de agua y una pequeña caja a modo de hucha que indicaba que esperaba una retribución voluntaria a cambio de sus servicios estáticos. El altavoz, que al lado de su bolso abierto completaba el inventario escaso de todas sus posesiones, lanzó la música de superhéroes japoneses que después acompañó al caótico baile sin sentido. Fue como el repique de las campanas en los pueblos: al poco rato, una multitud, perpleja y divertida, se había congregado para asistir al espectáculo. Al terminar, la hucha estaba tan vacía como al principio.

Llegó la noche. Cinco musulmanes rezaban arrodillados sobre cuatro alfombras que miraban a la Meca. Las luces artificiales de los establecimientos quitaban solemnidad al momento. ¿Estaría Dios también allí? Los cines, vacíos de día, se llenaron; los móviles, llenos de fotos, se siguieron llenando. Un rap pedía ser escuchado por la plaza entera. Bailaban los bailarines sobre las baldosas grises que no bailaban. Antes de terminar, el estuche de sus altavoces ya no estaba vacío. Dios podía estar allí. Yo no lo vi. Retrato Móvil De Una Plaza Quieta.

David Pungin

Escribiendo contra el público. Instagram: @davidpontetraje Twitter: @davidpungin1

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